jueves, 13 de septiembre de 2012

La Tierra de la Inspiración

Lagos de Covadonga

Nunca he ocultado lo mucho que me gusta el norte de España. Desde que lo conocí, hace ya cuatro años, no he hecho otra cosa que deleitarme con sus paisajes, sus pueblos, su gastronomía, sus gentes y su cultura. Es un encanto especial, mágico. Yo diría que la costa cantábrica no deja indiferente a nadie que la recorre, y es algo obvio porque lo se nos presenta ante nuestros ojos son entornos y parajes dignos de existir en cualquier libro de fantasía.

Fragmentos: Capítulo 9 de El Lobo Blanco

Ilustración de Lorenn Tyr
Lánzolt llevaba ya un rato despierto cuando empezó a amanecer. El cielo comenzó a iluminarse con tintes rojos, daba la impresión de que ardía en llamas, como si un poderoso dragón lo hubiera incendiado con su abrasador aliento. El caballero lo miró con orgullo, ese color era propio de su orden. La Orden del Dragón Rojo.
Su atlético y musculoso cuerpo desnudo sintió el roce de los primeros aires que traía el albor, su frescura, su aroma. Le gustaba que el viento le recorriera su desnudez cuando el Sol estaba pronto para reaparecer, para dar su anuncio de que un nuevo día comenzaba. Y aquél iba a ser un día muy largo.
Caminó por su amplia alcoba hasta la ventana. Curiosamente no estaba orientada al oeste, que era donde se situaba la capital de Páravon, Cárason, y donde se podría divisar el resto de la ciudad de Búrdelon, donde Lánzolt vivía. Era la ciudad que su Señor el rey Dúnel le había confiado para regir. La ventana de su dormitorio estaba orientada al este, hacia el reino de Cáladai. Desde ella podía divisar el Bosque Sombrío, y detrás de éste veía la torre de Faern-Ell’as. Aquello pertenecía a la tierra de Olath, deshabitada desde hacía siglos, y cubierta por leyendas, mitos y supersticiones. A veces, Lánzolt se preguntaba quién había construido su castillo y por qué le dio esa orientación a la ventana. La visión del Bosque Sombrío y Olath no era agradable del todo.