martes, 28 de agosto de 2012

El Lobo Blanco. Libro I

Portada de Lorenn Tyr

Hay que decir que, en los tiempos que nos han tocado vivir, reinventarse es una obligación más que una opción. Y, como no podía ser de otra forma, el mundo del libro no es ajeno a estos cambios.

Por eso he decidido ofrecer a los lectores una oportunidad de conseguir El Lobo Blanco por "fascículos" a 0,89€. Esta iniciativa que llevo a cabo retoma la tradición de los antiguos relatos que se publicaban en las revistas de forma periodica, aquellos de espada y brujería tales como Conan de Robert E. Howard.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Gran OFERTA de verano!!!






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lunes, 6 de agosto de 2012

Acero y Fuego ya en Amazon


¡Y el día ha llegado! Acero y Fuego, segundo libro de El Legado de la Profecía, ya está disponible en Amazon dispuesto a hacer las delicias de los lectores y usuarios Kindle.
Os recordamos que las dos novelas de la saga se pueden adquirir a través de esta plataforma.
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El Lobo Blanco
Acero y Fuego


Fragmentos: Capítulo 8 de El Lobo Blanco

Ilustración de Lorenn Tyr
Estaba en estas cavilaciones, cuando un ligero ruido de pisadas en hojas secas lo sacó de sus pensamientos. Velthen contuvo el aliento durante unos segundos. Sabía que debía ser muy sigiloso o lo que ahí estaba se iría corriendo. Se levantó pausadamente, sin hacer sonido alguno. Confirmó que el viento le venía en contra. Perfecto, la presa no podría detectar su olor. Asomó con cuidado la cabeza entre las raíces y entonces lo vio. Un ciervo joven de pelaje pardo con motas blancas en los cuartos traseros.
Era su día de suerte. El ejemplar era magnífico. La carne no sería tan dura, al tener una corta edad, y con la piel podría hacerse un forro para su carcaj. O llevarlo al maestro peletero de Thondon y regalarle una estola a su madre.

Fragmentos: Capítulo 7 de El Lobo Blanco

Ilustración de Lorenn Tyr
El príncipe se levantó y se dirigió a la puerta que daba a un largo y blanco pasillo de columnas redondas y adornado con tapices y estandartes de las casa de Onun. Representaban escenas bélicas. Guerras donde salieron victoriosos, batallas ganadas. Siempre serían recordadas aquellas gestas, aquellos triunfos. Se detuvo ante un tapiz que representaba al padre de su abuelo Haongel, el gran rey Iyoru. La escena ilustraba cómo su bisabuelo alzaba la espada victorioso, mientras con la otra sujetaba la cabeza de un caudillo arjón. Los cadáveres de los enemigos se amontonaban en el suelo, y un oso cavernario negro devoraba el festín que el soberano le brindaba.
Le llamó poderosamente la atención que no hubiera ningún tapiz que diera testimonio de alguna derrota. Por un momento pensó que quizá su pueblo nunca había caído en combate, pero ahuyentó ese pensamiento. Se dijo, no sin cierta ironía, que simplemente esas historias no se contaban ni se ilustraban. No se reconocía el valor de los héroes caídos si no se salía victorioso. Se borraba de memoria y de las páginas de la historia. Se preguntaba si algún día él estaría representado en un tapiz, adornando aquellos pasillos y salones, siendo alabado por sus hazañas, o si por el contrario no llegaría a existir dicho tapiz.

Fragmentos: Capítulo 6 de El Lobo Blanco

Ilustración de Lorenn Ty
Allí estaban, en asientostuados a ambos lados del pedestal donde Sártaron tenía su tono, los tres elegidos por su señor para llevar sus órdenes donde fuera necesario. El vanidoso Lédesnald, con su armadura dorada y su rubio cabello; el campeón guerrero de los borses Órgalf, con la melena y barba larga, densa y negra propia de su pueblo, y unos ojos oscuros como la noche; y Arvílcar, del que decían que había sometido al más fuerte de los ogros dragón, ganándose así el favor de estos monstruos para Sártaron. Había cuatro asientos, y uno estaba vacío. Era el lugar de Zárrock, de los presentes el más respetado por su señor.
- Siento haberme retrasado, mi señor – se disculpó Zárrock, haciendo una reverencia. – No tengo excusa.
En el pedestal, donde estaba ubicado el trono, se hallaba Sártaron el Señor del Fin de los Días. Con su armadura oscura, su capa color granate y la piel de un oso cavernario pardo a los hombros. Su semblante era pétreo, carente de emoción, enmarcado por unos rasgos duros y unos ojos glaucos. Su piel era macilenta, daba la impresión de estar tallada en mármol. El pelo, una melena que le llegaba hasta los hombros, era del color de la plata y lo llevaba recogido en una trenza. Una enorme espada desenvainada reposaba en sus piernas.

Fragmentos: Capítulo 5 de El Lobo Blanco


Ilustración de Lorenn Tyr
Estaba en estas cavilaciones, cuando la pequeña trampilla de madera que había en el suelo de roca se abrió. Glósur se dio media vuelta despacio, chupando tranquilamente su pipa y enfundado en su capa de viaje. Por el agujero se asomo la cabeza de otro enano de pelo y barba castaña. Llevaba un yelmo de bronce y plata enana.
- ¡Que las rocas me engullan si no ha sido un ascenso difícil llegar a esta atalaya! – gruñó en enano al aparecer por el hueco. Tenía una armadura de idénticos materiales que el yelmo puesta, y un gran martillo de guerra en la mano.
- ¿Con ese traje de hierro esperabas que subir aquí te resultara fácil? – replicó Glósur, mirando de arriba a abajo al recién llegado. Éste se quitó el yelmo y le miró orgulloso.
- Ni fácil ni difícil. Estoy acostumbrado a mi armadura, es como una segunda piel. Ya deberías saberlo, Glósur.
- Lo sé. Los Yunqueternos sois todos iguales.
- Y nos enorgullecemos de ello tanto como tú de tu clan – dejó el yelmo y el martillo encima de la piedra asiento y se acercó al mirador. – Por lo que veo, los rumores son ciertos: los orcos y ogros se están movilizando.
- Hablaremos de ello cuando venga el representante de los Rocasangre – apuntó el veterano Barbablanca, retirando la pipa de su boca. – Antes me podrías decir tu nombre, ya que tú conoces el mío.
El enano de la armadura se dio la vuelta para mirarlo de frente. Tenía unas espesas cejas que le hacían los ojos más pequeños.
- Una grave impertinencia por mi parte – se disculpó. – Mi nombre es Tóbur de clan de los Yunqueternos, capitán de la guardia del Martillo de Plata del Rey de Clan Soiran. Mi señor me envía desde Éridor para escuchar el parte de tu periodo de vigilancia.

Fragmentos: Capítulo 4 de El Lobo Blanco

Ilustración de Lorenn Tyr
- De modo que eres Lédesnald, uno de los señores de la guerra de los arjones – contestó Haoyu, siguiendo cada paso de su interlocutor. – Esperaba un guerrero mucho más rudo y duro, no una imitación de príncipe élfico.
Los soldados de Haoyu rieron con sorna ante el comentario de su rey. Cuando Lédesnald hubo bajado los peldaños del altar, se situó frente al soberano de Onun. El oso de combate gruñó.
- Príncipe élfico... – repitió para sí el arjón. – No se puede negar que tenéis sentido del humor dadas las circunstancias.
- ¿Y cuáles son esas circunstancias? – preguntó con burla Haoyu, desde la altura que le daba su montura.
- Vamos, vamos, Rey del Invierno – Lédesnald le devolvió el tono sarcástico. – No nos andemos por las ramas. Habéis venido en busca de vuestros hombres. Vuestra opinión sobre el acuerdo que queríamos tener con vosotros, que nos dejarais pasar por vuestro reino para dirigirnos a Cáladai, ya la conozco.
- Entonces, ¿dónde están mis hombres? – ya no había sarcasmo en las palabras de Haoyu, había rabia.

Fragmentos: Capítulo 3 de El Lobo Blanco

Ilustración de Lorenn Tyr
- ¿A qué os referís, mi señora? – preguntó incrédulo Glórophim.
Élennen miró a los ojos de Celdan largo rato, unos segundos donde reina y vidente compartieron una complicidad casi mística. Fue Celdan quien rompió el silencio.
- Creo que Su Majestad se refiere a la antigua profecía que pronosticaron los antiguos videntes y oráculos cuando marchamos del Continente Naciente, cuando se lo dejamos a los hombres como penitencia por nuestra bárbara guerra de secesión.
- ¿Te refieres a que esa profecía fue hecha cuando estalló la guerra entre nosotros y los seguidores del traidor Mathrenduil? – Elebrian ya no pudo aguantar más sin decir palabra.
- Yo conozco esa profecía bien – dijo otro elfo que, hasta el momento, había permanecido en silencio.
Todos se volvieron a él. Tenía un rostro sombrío y pálido. Su pelo era del color de la plata y sus ojos, que no se apartaban de los de la reina, eran oscuros y profundos, y en su interior albergaban una extraña sabiduría que resultaba inquietante. Su nombre era Faobereth, Señor del Bosque Perenne.
- Yo estuve allí el día que los videntes y oráculos de Nion auguraron la oscura hora que pronto acaecerá – prosiguió Faobereth. – Es la maldición de los hombres por su codicia, por sus ansias de poder. Y es nuestra maldición, por dividir nuestro pueblo.

Fragmentos: Capítulo 2 de El Lobo Blanco

Ilustración de Lorenn Tyr
  - Los ónunim son gentes desconfiadas que creen que los signos pueden proteger o destruir su reino. No es nada importante, Velthen. Olvídalo.
- Bueno, no creo que alguien se sienta amenazado sin motivo aparente. Yo estaría preocupado si viviera en Onun.
- ¿En serio? ¿Y por qué? – preguntó el anciano, con una media sonrisa en la boca.
- No sé... Quizá porque al norte tendría la visión de Mezóberran, porque al sur tengo una muralla que me separa de otros reinos como Cáladai... Ante un ataque de los clanes borses o de los arjones, serían los primeros en caer.
Dálfvar miró largo rato al joven herrero, como evaluando sus palabras. Se mesó la larga barba blanca, pensando durante unos segundos su respuesta. Velthen había tocado en alguna clave.
- Verás, Velthen, los ónunim llevan siglos conviviendo con Mezóberran como tierras vecinas. Se jactan de haber acabado con todas sus incursiones, y es difícil que les hagas entender qué clase de peligro puede acarrear el sentirse autosuficiente a la hora de plantar cara a los norteños. Por eso La Muralla y el puesto de Dür Areth los separa de Cáladai, porque ellos desprecian esa medida de seguridad que tomaron siglos atrás los Señores Regentes. No ven el peligro, son gente muy ruda y terca, casi tanto como los enanos. Prefieren morir a optar por una medida cobarde, a su parecer. La Muralla Septentrional los separa por iniciativa propia. Si tu fueras un onunim te preocuparían otras cosas, no la amenaza de invasión.

Capítulo 1 de El Lobo Blanco

1
Vientos de guerra
  
Ilutración de Lorenn Tyr.
 El Desierto Helado, hacía honor a su nombre. Aquel inhóspito lugar no era tierra para débiles, no era tierra para hombres sin coraje. Los arjones y los borses no eran ni una cosa ni la otra, llevaban siglos ocupando aquellos gélidos lugares, oscuros, crueles con todo tipo de vida. Pero ellos eran fuertes, y su resistencia única. Nunca se sometieron a las inclemencias de Mezóberran, su voluntad era como el acero que empuñaban... El acero que veneraban.
   Pero aquel día el aire helado calaba hasta los huesos. Era como si el mal que estaba a punto de surgir, deseara manifestarse en todo su esplendor, haciendo una magnífica selección entre sus más devotos seguidores, eligiendo a los fuertes y cercenando la vida de los miserables débiles. Zárrock lo sabía.
   Su espera no era casual. Cinco días aguardando tenían su justificación. Había perdido a nueve hombres de su destacamento. Cuarenta partieron de Luhaue: Diez Caballeros del Terror y treinta borses bárbaros. Las pérdidas eran menores... Todas las bajas fueron bárbaros.  Era necesario hacer esa criba, no necesitaban blandos entre sus filas. El Señor del Fin de los Días había dedicado mucho tiempo para preparar su guerra. Alianzas, traiciones, sometimientos... Un ejército que no fuera como la roca, firme e imperturbable ante el azote de los elementos, no le serviría en su conquista de la Tierra Antigua. Debían demostrar su valía o perecer en el olvido.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Danéleryn Hija de Arthas, Reina de Páravon

Ilustración de Nacho Tenorio
La Reina Danéleryn de Páravon es, sin duda, uno de los personajes más completos, fascinantes y queridos de toda la saga.

La única hija de Lord Arthas, tuvo la desgracia de ver morir a su madre muy joven. Aquejada de una extraña enfermedad, cuya cura nunca llegó a encontrarse, la madre de Danéleryn dejó huerfana a su hija y viudo a su esposo cuando la niña a penas contaba 7 años. Desde entonces, Lord Arthas, Lord Comandante de la Orden del Unicornio Plateado, jamás volvió a rehacer su vida. Quizá por el enorme amor que profesaba a su difunta esposa, quizá porque se volcó en cuerpo y alma en la pequeña Danéleryn.

CÉLESTOR, KIGÍSTHÄEIEN KUTHÍSNEL

Ilustración de Nacho Tenorio

 De todos los atelden, sin duda Célestor el Invicto es el más conocido, respetado y admirado de todo Asuryon. La sangre de Ayrion el Fénix, el primer rey elfo, corre por las venas de Célestor, en cuya casa han nacido algunos de los más grandes soberanos entre el pueblo élfico. Es por eso que muchos de los atelden se preguntan por qué nunca ha sido elegido como Rey Inmortal. Pero Célestor nunca ha hecho caso de esas habladurías que siempre le han colocado como el preferido para llevar la corona. Es más, le molesta en sobremanera que entre propios y extraños se cuestione la venerabilidad de su rey Thil Ganir.

Célestor en Invicto
Ya siendo un joven elfo, demostró sus grandes dotes militares, y su capacidad de liderazgo al frente de los ejércitos hizo que pronto se ganara un puesto como capitán de la Guardia Real, los famosos Kurthlénthëpi. Sus victorias se cuentan por centenares, y nunca conoció derrota. Fue por esto que el propio Thil Ganir decidió nombrarlo Paladín Real y su mano derecha.

Cuando Célestor lidera las tropas élficas, su voz es la de los reyes, y nadie pone en tela de juicio sus decisiones. Tras ser nombrado Paladín, Célestor se vio obligado a pasar mucho tiempo en la corte, y ello le llevó a tener una estrecha relación con la Reina Imperecedera Élennen. El valiente elfo quedó fascinado con su soberana, sintiendose poco a poco más atraído por ella. Fue entonces, cuando una incursión elfa oscura logró llegar a Válindel, cuando nació el amor entre ambos.

Mientras Thil Ganir comandaba las tropas para expulsar a los varelden, Célestor y Élennen consiguieron huir, no sin derramar la sangre enemiga cuando intentaban acabar con la vida de la reina. Cuando todo pasó y el romance se fue fraguando, ocurrió lo inevitable. En una tarde de primavera, Thil Ganir fue a los aposentos de Élennen y descubrió yaciendo a su lado a su Paladín.

Avergonzado, Célestor puso su vida en manos de su rey, pero Thil Ganir no quiso castigar de forma alguna a Célestor. Quizá por miedo a crear una segunda guerra civil o quizá porque era consciente de que Élennen solo sería feliz con él. Pese a todo, ambos amantes sellaron un pacto donde ninguno de los dos debería ceder ante el amor que se profesaban, pues el equilibrio de todo su pueblo podría estar en juego. Solo por esto, Célestor soporta una pesada carga y un triste dolor inmortal e inmperecedero que solo la muerte bajo la espada enemiga puede curar.

Sártarón, el Señor del Fin de los Días


Ilustración de Nacho Tenorio

La vida de Sártaron se oculta entre las sombras del misterio. Muy poco se conoce del pasado. Ni quién eran sus padres, ni de dónde vino. Tan sólo se tiene constancia de su existencia cuando el antiguo caudillo Rádor del clan arjón de los adernos le nombra portaestandarte. Es entonces cuando el nombre de Sártaron es escuchado por primera vez.
El belicoso pueblo de los arjones, siempre en guerra entre sus clanes y con los bárbaros borses, forja el carácter militar y estratégico de Sártaron, que destaca por ser un bravo guerrero, siendo el preferido de su caudillo. En nombre del clan de los adernos consigue victorias muy importantes que le hacen ganar fama y prestigio entre los enemigos y los aliados.
Tras la muerte del caudillo aderno Rádor, en circunstancias misteriosas y oscuras, es Sártaron el que reclama para sí el control del clan y de todos sus aliados. Nadie osa interponerse en su camino, pese a que muchos aseguraban que, tras la muerte de Rádor, estaba la mano implacable de Sártaron.
Lejos de traer la paz a su clan, bastante mermado por las continuas batallas, Sártaron decide continuar con su campaña militar, pero en vez de atacar a los clanes arjones más poderos se dedica a hostigar a los más débiles y divididos, aplastando a aquellos que no se unen a su causa y tomando el mando de los que sí que lo hacen. Aunque los otros clanes rivales más poderosos ven como algo indigno el conquistar esas pequeñas tribus y menosprecian el poder de Sártaron, éste consigue reunir un número bastante grande de hombres como para atacar a sus mayores opositores.
Consigue arrasar a los clanes que le presentan batalla, y demuestra clemencia con aquellos que le juran fidelidad. Poco a poco los caudillos de todos los clanes arjones rinden la espada a los pies de su nuevo señor, mientras que otros caen bajo el filo de la suya. El mejor ejemplo de ello es Zárrock, que tras desafiarle en combate singular (nadie hasta la fecha se había atrevido) y demostrar su valía pese a la derrota, se convirtió en la mano derecha de Sártaron y capitán de sus ejércitos.
El sueño que tanto tiempo llevaba ansiando Sártaron estaba próximo: Unificar Mezóberran bajo una misma bandera. Unicamente le quedaba doblegar a los bárbaros borses, lo cual no fue difícil teniendo a su lado a todos los clanes arjones. Ahora Sártaron era el señor de Mezóberran y del Desierto Helado. Fue en aquella época, mientras se libraban las últimas batallas, cuando Sártaron ordenó construir dos magníficas fortalezas. Una fue Luhaue, donde se instruirían a la famosa Guardia del Terror; la otra fue Melle Mathere, donde fijó su trono.
Con toda su tierra unificada y conquistada, empieza a barajar la idea de no detenerse ahí. Los reinos libres como Onun, Cáladai y Páravon también podrían ser conquistados. Entonces comienza una campaña de tanteo, lanzando incursiones, sobornando a mercenarios y gente que ambiciona el poder, infiltrando a sus gentes entre los pueblos del sur... Pero descubre que los montaraces de Lagoscuro no lo subestiman y que lo vigilan de cerca. Incluso a sus oídos llega la noticia de que los altos elfos de Asuryon ya conocen su nombre. Sártaron asume que no podrá conquistar los pueblos libres si no es con ayuda externa.
Consigue sellar pactos con seres abominables como los orcos y los ogros, prometiéndoles carne humana y saciar la sed de violencia que siempre tienen estos seres. De igual forma, consigue instigar a los krull del bosque de Drawlorn para que tomen la revancha contra sus más terribles cazadores, los caballeros de Páravon. Incluso llegua a conseguir el favor de los aviesos elfos oscuros de Undraeth. Una vez más Sártaron demuestra que es más que un genio militar, consiguiendo crear un abominable ejército capaz de hacer temblar hasta los cimientos de la propia Tierra Antigua.

Mathrenduil hijo de Gileon, Rinvasheel Thírily


Ilustración de Nacho Tenorio










 De entre todas las personalidades que habitan la Tierra Antigua, Mathrenduil es uno de los más importantes y más poderosos. Su trágica historia marcó de por vida al pueblo elfo, considerándole un heroe algunos y un traidor otros.
Mathrenduil fue el único hijo del Rey Gileon, considerado uno de los monarcas élficos más poderos de todos los tiempos. Y no era para menos, pues el padre de Gileon fue el mismísimo Ayrion, Primer Rey Elfo. Con quien compartió lecho Gileon fue con Mórgathi, una de las Damas del Amanecer de la Reina.
Ya siendo muy joven, su padre le mandó instruir tanto en política como en combate, convirtiéndose en poco tiempo en una de as mejores espadas de todo el reino. Mórgathi, por su lado, le enseñaba los secretos de la magia y la videncia. También le despertó el interes por las profecías que dictaba su pueblo, las leyendas y los mitos, llegando a obsesionarse con la posibilidad de encontrar algunos objetos y artefactos arcanos.
Cuando estalló la guerra contra los orcos, fue Mathrenduil el que capitaneaba las tropas de su padre, llegando a conseguir numerosas e importantes victorias. Esto le sirvió para que le nombraran Paladín Real.

Mathrenduil, Rey de los Varelden

Todo el mundo admiraba la valentía y la destreza de Mathrenduil en la batalla. Era implacable contra el enemigo, y noble con aquellos que le seguían, pero otros muchos veían en él un instrumento peligroso en manos de la ambiciosa Mórgathi, que proclamaba a los cuatro vientos que su hijo sería algún día rey. Pero Mathrenduil procuraba mantenerse ajeno a todo aquello, centrándose en la guerra y en aprender de su padre y mentor.
En una de las más cruentas batallas que se recuerdan, Gileon junto con Mathrenduil consiguieron rechazar el último intento orco por arrasar sus tierras. Pero el precio fue muy alto, ya que el Rey de los Elfos perdió la vida. Aquello apenó mucho a Mathrenduil, que exigió que se le hiciera un funeral digno de su grandeza. Era el momento de elegir quién sucedería a Gileon en el trono.
La sociedad élfica se dividió en dos, en parte gracias a las artes conspiradoras de Mórgathi. Los partidarios de Mathrenduil pedían que él fuera el sucesor, ya que la sangre del mismísimo Ayrion corría por sus venas. En cambio, otros se aferraban a las leyes élficas que el propio Ayrion dictó y que marcaban la necesidad de someter a votación la elección del monarca en cuestión, garantizando un equilibrio dentro de la sociedad élfica.
Mórgathi montó en cólera y exigía una y otra vez que su hijo se hiciera con el trono. La Reina Ileniel, en cambio, apelaba a las leyes, opinando que si Mathrenduil quería tomar el poder, debía al menos presentarse ante el Consejo de Sabios y Videntes y que ellos hablaran. Al principio, el joven elfo no parecía convencido, y dejó claro que se sometería a las leyes de su pueblo. Pero la presión de esa parte que permanecía al lado suyo y de su madre, le hicieron decidirse por presentarse ante el Consejo.
Los Sabios y Videntes atendieron los planteamientos de Mathrenduil con suma atención, y elogiaron su nobleza y su fuerza en el combate. Pero decidieron que él no era el apropiado, pues entendía que era impetuoso y que creía demasiado en sus posibilidades. Fue Celdan el que le transmitió la decisión del Consejo. Mathrenduil, sintiéndose humillado e insultado, abandonó la cámara y le comunicó la nueva a su madre.
Mórgathi difundió la noticia de que el Consejo y la Reina confabulaban contra ellos, negándole a su hijo un derecho que le pertenecía por nacimiento. Los seguidores de Mathrenduil se declararon en rebeldía y lanzaron sendas acusaciones contra la otra mitad que se les oponía. Era el empujón que necesitaba el arrogante elfo para utilizar la fuerza para conseguir su objetivo. Las Guerras Élficas estallaron,y hermano contra hermano lucharon encarnizadamente por sus ideales.
En una trágica noche para la historia de los elfos, Maathrenduil, Mórgathi y sus partidarios, lograron tomar violentamente el Palacio Real. La fecha era clave, pues se cumplía el ciclo donde el Ave Fénix, símbolo de la inmortalidad del pueblo elfo, moría envuelto en sus propias llamas para renacer de nuevo. Mathrenduil, embriagado por la locura y la sed de poder, se lanzó a las llamas justo cuando el animal sagrado moría, intentado demostrar que la sangre de los Primeros Nacidos corria por sus venas.
Pero el fuego del fénix reveló la traición de Mathrenduil y los suyos, hiriendo gravemente al inconsciente elfo, produciendo en su rostro y cuerpo sendas cicatrices. Su aspecto también cambió, su pelo se tornó blanco, sus ojos se volvieron del color del ambar y su piel se tiñó de un gris pálido. Todos sus seguidores también sufrieron esta maldición, diferenciándolos del resto de los elfos para toda la eternidad. Todos menos Mórgathi, que consiguió librarse gracias a sus grandes dotes con la magia. Era en nacimiento de los elfos oscuros
Tras sacar al malherido Mathrenduil del palacio, su madre y sus seguidores deciden huir, cruzando los mares en busca de un refugio. Gracias a las artes de su madre, consiguió salvar la vida, aunque las cicatrices no desaparecieron. Así fue como llegaron a Undraeth donde fue proclamado Rey de los Elfos Oscuros.
Desde entonces, Mathrenduil y sus varelden, bajo la astuta mirada de su madre, han declarado una guerra eterna a los altos elfos, estando en varias ocasiones a punto de someter al reino élfico, llegando a matar a varios de sus reyes. Incluso ha llegado a comandar varias exploraciones buscando los objetos arcanos que le obsesionaban cuando era más joven.
Mathrenduil es un enemigo poderoso, temido incluso por los propios elfos, que aún mencionan su nombre con una mezcla de desprecio y respeto.

Elennen Kígäthaiunion Atéldin.


Ilustración de Nacho Tenorio.


Élennen, Reina Imperecedera
Aquí os presento a la Reina Imperecedera Élennen, Soberana del Reino de Asuryon y de los Altos Elfos (Atelden, en élfico). Sus padres fueron los únicos reyes elfos que mantuvieron relaciones carnales, Éllemer el Justo y Varawen la Bella. Por eso, tras la muerte de ambos en una incursión elfa oscura, los altos elfos no dudaron en proclamar a Élennen como Reina Imperecedera. La joven elfa era fruto del amor entre dos reyes, cosa poco habitual, dado que rey y reina se casan como símbolo de unión, no como acto de amor. Se considero que el nacimiento de Élennen era un presagio de la gran reina en que se convertiría. Contrajo matrimonio con el recién elegido rey Figólas, con el que reino tan solo 130 años, pues murió en la Batalla de Quil-Asur, frente al propio Mathrénduil.
 El segundo rey electo fue Thiros II, cuyo reinado duró 233 años, muriendo en hundimiento de su flota en las costas de Undraeth. El tercer rey fue Thernos III, hermano del fallecido, pero tan solo reinó 50 años, pues fue capturado en una emboscada en el Bosque Eterno, tras el asedio que sufrió Asuryon bajo las garras de los elfos oscuros. Mórgathi lo sacrificó en su altar.
Thil-Ganir fue elegido rey, y es el actual compañero de trono de Élennen. Pese a que hay un inmenso cariño y respetuo entre ambos, el amor no ha nacido de su unión. Élennen es un ser en cierto modo atormentado. Tiene visiones involuntarias, sobre prosibles sucesos futuros que aún están por determinar, que le asaltan en cualquier momento. Tambien es una profunda estudiosa de las profecías élficas y sus interpretaciones, lo que le ha llevado a tener gran trato con los videntes de Asuryon. Tal es el misticismo que envuelve a la Reina que algunos creen que el destino de Élennen va ligado al reino de los elfos: Si Élennen cae, Asuryon caerá.

Lédesnald el Regicida


Ilustración por Nacho Tenorio

Lédesnald es uno de los cuatro Señores de la Guerra de Sártaron, el gran señor de Mezóberran. Detrás de este guerrero, de apariencia refianda y atractiva (para ojos menos acostumbrados, se le confundiría con un elfo), se esconde un auténtico monstruo y psicópata temido y deseado a partes iguales.
Lédesnald el Regicida
Nacido en el seno de una famila arjona al sur de Mezóberran, el joven Lédesnald fue testigo de cómo su clan rechazó a sus progenitores por ser débiles y vulnerables, indignos de caminar entre ellos. Su padre, huyendo del antiguo rito que le obligaba a acabar con la vida de su familia y de él mismo para restablecer el orgullo perdido, decidió escapar llevándose con él a su mujer y su pequeño. Pero en la retorcida mente de Lédesnald no cabía la idea de la misericordia que su padre profesó. La familia huyó hacia el sur, donde se mezclaron con otros pueblos menos belicosos y más civilizados. Cuando Lédesnald hubo alcanzado edad adulta y sus condiciones físicas fueron las idoneas, decidió subsanar el error de su padre, y una fría noche de otoño mató a su padre a sangre fría y violó a su madre antes de darle muerte también.
Una vez restablecido el honor de su familia, vagó por aquellas tierras, vendiendo su espada como mercenario y aprendiendo a algunos estrategas y capitanes el arte de la guerra. Con esos conocimientos, Lédesnald decidió volver con su clan. Tras varias
conspiraciones, combates singulares y alguna traición, el arjón se hizo con el control del clan. Poco a poco, fue sometiendo a los clanes vecinos. Se decía que su cueldad no conocía límites, pues era acapaz de matar a clanes entros solo por el mero hecho de ver el sufrimiento reflejado en sus ojos. Los jefes de los clanes se arrodillaban ante él, presas del pánico que desataba la mera mención de su nombre.
Era tan deseado pese a su crueldad, que se decía que tenía un arem con las mujeres más bellas entre los clanes arjones. La que le importunaba o no le saciaba lo suficiente, no dudaba en ejecutarla.
Cuando escuchó las voces que hablaban sobre el avance imparable de Sártaron y de cómo los clanes se sometían y doblegaban ante su poder, consciente de que nunca podría acabar con el gran señor de Mezóberran, Lédesnald puso su espada y su clan al servicio y disposición de Sártaron, el cual, tras ver ese noble gesto, decidió incluirle dentro de sus hombres de confanza.
Dotado con una inteligencia y maldad que no conoce límites, Lédesnald es un lobo ávido de sangre escondido en la piel de un dulce y débil cordero.

Ectherien Hijo de Fórsell


Ilustración por Nacho Tenorio
Ectherien es uno de los montaraces de Lagoscuro más experimentados y respetados entre sus propias gentes.
Siendo joven, se crió con las historias que su padre contaba acerca de los Onai, de donde descienden los montaraces, y de las profecías élficas que auguraban la llegada del legítimo rey de Cáladai.
Lejos de creer ser ese élegido, Ectherien siempre se mantuvo al margen de todo aquello que implicaba la búsqueda de la espada perdida de los Onai, y se mantenía en un discreto segundo plano más enfrascado en ser un gran rastreador y guerrero que en las apuestas sobre quién lograría adentrarse en La Cueva y salir con el acero que lo identificaría como rey. En ese aspecto nunca fue ambicioso.
En una de esas misiones de rastreo, Ectherien comenzó a entablar una gran amistad con Véldonui, otro joven explorador como él al que muchos llamaban Lobo Blanco, por su cabello rubio. Con él, dirigieron una incursión muy peligrosa en Mezóberran, donde se escuchaban ecos de un nuevo líder llamado Sártaron que comenzaba a someter a todos los clanes bajo su bandera.
En esa misión, los montaraces tuvieron que refugiarse ante un posible ataque de un clan borse, que los descubrió. Guarecidos en una gruta de las Cumbres Infinitas, Ectherien y Véldonui encontraron una de las Piedras de Ilethriel. Ectherien nunca supo la razón por la que Véldonui consultó la Piedra, a la que sólo unos pocos magos podían dominar y comprender. Tampoco supo qué vio, pero el comportamiento de su amigo cambió radicalmente desde entonces.
Ectherien, Capitán de los Montaraces
Al volver, mientras Véldonui estaba enfrascado en el estudio de las profecías y de la historia de su pueblo, Ectherien viajó por muchos lugares de la Tierra Antigua, llegando a tener contacto con los elfos de Asuryon y con los enanos, llegando a visitar algunos de sus portentosos salones. Incluso acompañó a Dálfvar en algunas de sus aventuras. Al volver a Lagoscuro, muchas cosas habían cambiado.
Véldonui estaba convencido de que debía entrar en la Cueva y conseguir la espada perdida. Se sentía el heredero de Cáladai, y quería adentrarse en ella con la Piedra de Ilethriel. Muchos llamaron vanidoso a Véldonui, pero Ectherien le dio todo su apoyo pues le vio tan convencido que hasta él creyó que su amigo era el elegido.
Las voces de una invasión orca llegaron, y Ectherien tomó el mando de una partida de montaraces para comprobarlo y enfrentarlos en caso de poder hacerlo. Pero los orcos eran muy numerosos y Ectherien prefirió poner en alerta a los suyos en Lagoscuro y prepararse para el inminente ataque.
Justo cuando llegó, los montaraces estaban muy sorprendidos porque Véldonui había conseguido salir de la Cueva con vida, siendo el único en conseguirlo, pero sin la espada. Sin dar lugar a explicaciones, Véldonui le pidió a Ectherien que tomara a su hijo recién nacido y que huyera con él de Lagoscuro, que lo pusiera a salvo, pues era él el verdadero heredero de Cáladai. Ectherien se mostró reticente, pero al ver la insitencia de su amigo y compañero, accedió. Cuando regresó, tras poner a buen recaudo al bebé, los orcos habían caído pero algunos montaraces también, entre ellos Véldonui. Fue un regreso amargo.
Desde entonces, Ectherien ha preferido vagar en lugar de asentarse en Lagoscuro, teniendo mucho contacto con magos y con Guardianes del Huargo Blanco, esperando la hora en la que llegue el Elegido.

Lánzolt Hijo de Zéldolt


Ilustración de Nacho Tenorio
La historia de Lánzolt está marcada por la tragedia y por los golpes del destino.
Hijo de uno de los caballeros más poderosos del reino de Páravon, el joven Lánzolt se crió bajo la tutela de los mas grandes maestros en el arte del combate junto con Dúnel, por aquél entonces Príncipe de Páravon.

Lánzolt Hijo de Zéldolt
Su padre, Zéldot, era la mano derecha de Dúbledor, padre de Dúnel y soberando del reino de los caballeros. Ambos lograron grandes hazañas juntos, ganándose el respeto de los demás caballeros y del propio pueblo. Pero la desdicha cayó sobre Zéldolt, y perdió la vida en combate en una emboscada que los krul, los pérfidos hombres bestia del bosque de Drawlorn, les habían tendido. La madre del joven Lánzolt sucumbió a la pena y a la tristeza muriendo pocos meses después de su marido. Lánzolt quedó huerfano a la edad de 13 años.
El Rey Dúbledor lo acogió como si de un hijo se tratase y le dió la misma educación que a Dúnel, criándose ambos jóvenes como si de hermanos se tratara. Pero mientras que el joven príncipe de Páravon demostraba más cabeza y serenidad, Lánzolt era impulsivo y violento.
Tras la muerte del rey y coronado Dúnel como nuevo monarca, se le otorgó la capitanía de la Orden del Dragón Rojo, siendo el mariscal más joven de las órdenes de caballería de Páravon. Se transladó a Búrdelon, una ciudad conflictiva y casi desamparada del reino y logró reducir la tasa de criminalidad al 0%. Pero se le acusó de utilizar métodos extremadamente violentos y crueles con los malechores. Se llegó a decir que Lánzolt utilizó el terror psicológico como arma contra todos los indeseables, y que empaló vivos a todo aquellos que osaban perturbar la paz de su ciudad, sembrando un auténtico bosque de los horrores a la entrada de Búrdelon, donde exhibía a sus ajusticiados.
Cuando conoció a Lady Kathline, el temperamento del Lord Comandante se suavizó. La dama dejó su puesto en la corte de la Reina Danéleryn y marchó junto con su amado al castillo de Búrdelon. El equilibrio de Lánzolt depende de Kathline.

Haoyu Hijo de Haongel, Rey de Onun


Ilustración de Nacho Tenorio


  Si alguien puede encarnar los valores del pueblo de Onun ese es su rey: Haoyu, hijo de Haongel.
Haoyu, como descendiente real de la Casa de Yúringel, fue educado para gobernar a su pueblo y entrenado para ser el más poderoso de los guerreros. Su padre nunca dudó de la destreza de Haoyu, ni cuando era un pequeño infante, y procuraba llevárselo siempre a los combates que mantenían con los bárbaros de Mezóberran. Así, el joven principe se acostumbró rápidamente al fragor de las batallas y a los pesares de las mismas.
Haoyu asimiló rápidamente la filosofía del guerrero, metiéndose tanto en la piel del soldado en primera línea como de los capitanes y estrategas. Eso le sirvió para ganarse el respeto y el favor de los jefes de las casas nobles de Onun. El príncipe era tan buen general como infante, y s destreza con la espada era del todo reconocida.
Ilustración de Nacho Tenorio

Uno de los dos hechos que marcaron la vida de Haoyu fue la muerte de sus padres, que murieron emboscados por los arjones. El odio visceral que contrajo contra ellos fue creciendo año tras año, emprendiendo largas campañas contra los bárbaros del Desierto Helado.

Ya siendo rey de Onun, Haoyu contrajo matrimonio con Ilyue hija de Iruyu, descendiente de la Casa de Yeru, y tuvo con ella dos hijos: Iyurin, el primogénito y heredero a la corona, e Iyúnel, a la que el pueblo llamaba la Princesa del Invierno.


El matrimonio con la dulce Ilyue y la bendición de sus dos hijos calmaron el carácter belicista y vengativo de Haoyu, dejando la guerra con el norte a un lado y ejerciendo de rey de su pueblo, padre y esposo. Pero aquello no duró mucho, pues una extraña afección trunco la joven vida de su querida Ilyue, Haoyu se quedó solo con dos hijos demasiado pequeños como para comprender el dolor de su padre.



Ese fue el otro hecho que marcó la vida de Haoyu. Desde la muerte de su esposa volvió a la senda de la guerra, olvidándose a veces de su labor como padre. A Iyurin lo veía como un joven preocupado más por los libros y la historia que por el entrenamiento marcial, y a Iyúnel a penas podía mirarla a los ojos sin que le recordara a Ilyue.

El carácter fuerte de Haoyu ha chocado en más de una ocasión con su hijo, menos impetuoso que su padre, llevándoles a tener fuertes discusiones que hacían temblar a cuantos las presenciaban. No obstante el respeto y el cariño que se tenían era indudable.
Haoyu es un bastión de fuerza, orgullo, nobleza y coraje donde todos los ónunim se siente reflejados. Un rey amado y respetado por su pueblo, y un terrible enemigo cuando marcha a la guerra montado en su oso cavernario de combate.

Glósur Hijo de Dósur


Ilustración de Nacho Tenorio
 Glósur es uno de los enanos más respetados en todo el reino bajo la montaña del Ered Durak, no sólo por los miembros de los Barbablancas (clan al que pertenece), también entre toda la comunidad enana. Sus historias y hazañas se cuentan por cientos.
Unico hijo del portaestandarte de la Casa Real de los Barbablancas, Dósur hijo de Dorin, Glósur mostró ya desde joven un talento imnato para el arte de la guerra, participando en diversas incursiones contra trasgos y trolls en las profundidades de su ciudad natal, Górog. Pero su padre no estaba contento con el temperamento fuerte y osado de su hijo, muy impulsivo en ocasiones, y decidió mandarle con los maestros herreros enanos. Estos sabios hacedores de armas milenarias y conocedores de los secretos de las runas mágicas del pueblo enano, le mostraron todos los recovecos de la forja y pusieron a su disposición antiguos libros que contenía el saber de la historia de su pueblo.
Ilustración de Nacho Tenorio.
Tras pasar unos años con los herreros, Glósur decidió volver al terreno militar y se enroló en una banda de exploradores, donde conoció al que se convirtió en su mejor camarada: Gilmu. Como rastreador exploró no sólo su hogar bajo la montaña, descubriendo nuevos caminos y ciudades enanas abandonadas, también recorrió la superficie y las cimas de las montañas. Vigilaban a los orcos y ogros del valle de Rumm desde atalayas, abrían nuevos caminos e incluso tomaron contacto con los hombres de Cáladai.
Pasó muchos años fuera de su hogar, ganando en conocimiento militar e ilustrándose sobre los demás clanes. Al regresar a Górog, Glósur se encuentra a su padre enfermo y moribundo. Fallece a los pocos días de su vuelta. Apenas tuvo tiempo de despedirse de él.
El recién ascendido rey Rúrin de los Barbablancas le nombra portaestandarte, en honor a su padre y en reconocimiento por todos los logros que Glósur había logrado. Desde ese momento siempre estuvo al lado de su rey en todas las batallas, llegando a dirigir su ejército contra una invasión de trasgos en Górog. Aquella hazaña se contó entre las más épicas, tanto que hasta el propio Rey de Todos los Clanes Dalin le ofreció ser su portaestandarte. Glósur aceptó orgulloso y se entablece en la corte de Karak-Dür
Tras largos años combatiendo a todo tipo de engendros, Glósur se retira del plano militar y regresa a su tierra natal pasando a ser el portavoz de su rey de clan Rurin.
Comprometido con su pueblo, discreto, sabio y forminable guerrero, el veterano Glósur es uno de los enanos más respetados de toda la montaña. Un orgullo para su clan y un espejo en el que todos sus camaradas quieren reflejarse.

Mógathi, Häressvashrín Thírien.


 
Ilustración de Nacho Tenorio.
Ella es de los personajes con mayor historia, transfondo y matices que existen en la tierra antigua. La Reina Bruja Mórgathi gobierna al lado de su hijo, Mathrenduil, al puelo maldito y exiliado de los elfos oscuros.
Ella fue la causante de que la raza élfica quedara dividida, que entrara en guerra civil y condenara a la parte de elfos que seguían su causa. Comenzó siendo una Dama del Amanecer, las sirvientas de la Reina, y eso le llevó a tener gran trato con los monárcas élficos. Dotada de una belleza arrebatadora, el Rey Gileon, según los escritos el mejor y más valiente rey que jamás tuvieron los elfos, se enamoró perdidamente de ella. Mantuvieron una relación al margen de la reina, y fruto de esa pasión nació Mathrenduil.
Ilustración de Nacho Tenorio
Tras una gran batalla entre elfos y orcos, Gileon murió emboscado, dejando a los elfos sin su querido rey. El orgullo y la ambición de Mórgathi no tenían límites, y difundió la noticia de que su hijo debía ser el rey por derecho propio. Era el único hijo de Gileon, la sangre real y noble de su padre corría por sus venas. Pero algunos se opusieron a la elección deMathrenduil, pues entendían que iba en contra de los procesos de elección a los que sometían al candidato, dotando de equilibrio al pueblo élfico. Otros, en cambio, preferían esar del lado de Mórgathi y Mathrenduil.
 Todo acabó en enfrentamientos, donde las traiciones de los seguidres de Mórgathi se hicieron patentes. Hasta tal punto llegó la situación, que llegaron a tomar el palacio real por la fuerza la noche en que el fenix, símbolo de los elfos, moriría, envuelto en sus llamas sagradas para renacer de nuevo. La propia Mórgathi cometió el blasfemo crimen de matar a la reina con sus propias manos.
 Su hijo, envuelto en aquella espiral de sangre, traición y magia ancestral, se lanzó a las llamas del fenix justo cuando éste moría. Pero el fuego sagrado reveló sus crímenes: dejó a Mathrenduil con graves heridas y a sus seguidores les marcó en la piel, dotandola de un color grisaceo, y sus ojos se volvieron ambarinos. Una maldición que marcaba a todos los traidores a la raza élfica. Tuvieron que abandonar Asuryon, desterrados por toda la eternidad. La única que fue capaz de soportar la maldición fue Mórgathi, que solo conserva los ojos ambar de sus iguales.
Es una mente privilegiada para las artes oscuras, conspiradora, traicionera... No dudaría en utilizar a su propio hijo para conseguir sus fines. Es el ser más peligroso de la Tierra Antigua...

Velthen, el hijo del herrero


Ilustración de Nacho Tenorio.


Ilustración de Nacho Tenorio.



Me gustaría hablaros de uno de los protagonistas de mi saga, quizá el auténtico protagonista, o el más importante de todos: Velthen, el hijo del herrero de la aldea de Thondon.
Velthen es un joven de unos ventiun años, alto, rubio, ojos verdes. Es aprendiz en la forja de su padre, el maestro herrero Velteon, situada en una pequeña aldea al noreste de Cáladai llamada Thondon. Su madre lleva todo lo relacionado con las tareas del hogar, su nombre es Anarja.
El joven herrero es un chico muy inquieto, que no se conforma con asumir lo establecido. La idea de entrar en la rutina y monotonía de sus padres y demás habitantes de la aldea le aterra. Por eso busca evadirse en la Taberna del Lobo Errante, donde pasa muchos de sus ratos libres, escuchando las historias de viejos trotamundos, de guardianes de la muralla norte, de montaraces... Le entusiasma saber que, más allá de Thondon, existe un mundo. Tambien le gusta distraerse con la caza.
La forma de ser de Velthen choca mucho con la de su padre, empeñado en alejarlo de todo aquello que pueda distraer su atención de lo que él considera una vida decente: encontrar una buena esposa, tener una familia decente y continuar el negocio familiar. Cosa que a Velthen no le atrae en absoluto. Le encantaría viajar por los reinos de la Tierra Antigua y conocer a sus gentes y costumbres, empaparse de aquello que le rodea... Su madre muchas veces media entre ambos, cuando los conflictos entre padre e hijo llegan a puntos bastante calientes. Pese a todo, tiene muy buena relación.
El papel de Velthen en esta historia que os cuento es todo un misterio. Poco a poco descubrirá cosas que jamás hubiera imaginado, se verá envuelto en una espiral de acontecimientos que poco tienen que ver con la tranquila y plácida vida en la aldea... Poco a poco veremos evolucionar de joven a adulto a este personaje.